21 años de la Masacre de Cromañón: por qué no fue “una tragedia” y qué fallas la hicieron evitable
- 30 dic 2025
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Hay una discusión que parece semántica, pero en realidad es política: ¿Cromañón fue una tragedia o una masacre? Llamarlo “tragedia” suena a accidente inevitable, a mala suerte, a algo que “simplemente pasó”. Llamarlo masacre obliga a decir lo que incomoda: se pudo evitar. Insisto en esa distinción porque, si no se nombra bien, se borra el problema real.
La masacre de República Cromañón ocurrió el 30 de diciembre de 2004, menos de dos minutos después de que Callejeros empezara a tocar, cuando se desató un incendio en un local cerrado en Once, Ciudad de Buenos Aires. Murieron 194 personas y alrededor de 1400 resultaron heridas. Pero no me quiero enfocar solo en el incendio, sino en el entramado de fallas previas que hicieron que el fuego se volviera una trampa mortal.
Lo primero que quiero dejar en claro es que no fue “culpa de un pibe con una bengala”. Esa explicación individualiza, simplifica y absuelve al sistema. La bengala pudo ser el detonante, pero el desastre se construyó mucho antes: prácticas naturalizadas en recitales (pirotecnia sin control), habilitaciones sin requisitos de seguridad, corrupción, sobreventa, y un lugar que no estaba preparado para una emergencia.
Se puede enumerar muchas fallas concretas que, juntas, muestran por qué hablar de masacre es correcto: fanáticos llevando bengalas sin controles estrictos; cuatro de seis puertas cerradas con cadenas, incluyendo salidas de emergencia; un público que superaba casi tres veces la capacidad; pagos irregulares para evitar inspecciones; ausencia de sistemas básicos de seguridad como detección de incendios, alarmas e iluminación de emergencia; ventanas bloqueadas y extractores anulados; un sistema de detección de humo bloqueado con un chicle; materiales inflamables y tóxicos en el techo; matafuegos fuera de condiciones (tanto que días antes habían apagado un principio de incendio con bebida); y, además, un Estado sin protocolos ni preparación para emergencias a gran escala, con fuerzas de seguridad y salud desbordadas y respuestas que llegaron tarde o mal.

La serie Cromañón agrega un punto que suele quedar fuera del relato más conocido: la segunda tragedia dentro de la masacre fue la gestión del caos. Afuera, sobrevivientes salían desesperados, y la policía, en vez de asistir, reprimió en algunos casos creyendo que había conflicto en la vía pública. Adentro, con humo, sin luz real, con puertas cerradas, el recital se convirtió en un laberinto. Ahí aparece la dimensión más cruel de la palabra “evitable”: si una sola de esas condiciones hubiera sido distinta (más salidas abiertas, capacidad respetada, controles reales, materiales no tóxicos, iluminación de emergencia, matafuegos operativos), el número de muertos podría haber sido otro. Y eso también explica por qué el hecho cambió la noche porteña para siempre: porque mostró que lo que pasaba en muchos locales era una ruleta rusa administrada por desidia y coimas.
Nombrar Cromañón como masacre no es un capricho ni una provocación. Es una forma de defender la memoria colectiva con precisión, y de sostener una pregunta incómoda que sigue vigente: ¿qué políticas públicas protegen hoy la noche juvenil? ¿Qué controles existen, cómo se aplican, y a quién se sanciona cuando no se cumplen?
La memoria no es solo recordar el horror: es aprender qué lo hizo posible. Y en Cromañón, lo posible se armó con una suma de decisiones humanas y estatales que fallaron. Por eso, cada aniversario, la discusión no debería quedarse en el homenaje: debería volver sobre las condiciones, los responsables y las reparaciones pendientes.




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