Alberdi el musical: reseña honesta de qué funciona y qué no
- 28 mar
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Alberdi el musical llegó con promesas grandes. ¿Las cumple? Una reseña honesta sobre qué funciona, qué falta y por qué la comparación con Hamilton es un arma de doble filo.

Cuando un proyecto nace comparándose con uno de los musicales más aclamados de la historia, se mete solo en un problema: el público va con esa vara en la mano. Alberdi llegó al teatro con mucho ruido, una campaña de redes sociales sostenida y la promesa de ser "el Hamilton argentino". La pregunta es si la obra puede sostenerse sola, más allá del parámetro con el que ella misma eligió medirse.
La respuesta corta es: hay cosas valiosas, pero también problemas serios que el entusiasmo no puede tapar.
Qué es Alberdi
Alberdi es un musical argentino creado y protagonizado por Pablo Flores Torres, que cuenta la historia de Juan Bautista Alberdi, el jurista tucumano del siglo XIX cuyo pensamiento fue central en la redacción de la Constitución Nacional de 1853. La obra tiene un elenco grande, coreografías, canciones originales y una puesta que quiere estar a la altura de un musical de escala.
La idea de recuperar a Alberdi como figura teatral tiene sentido: es un prócer genuinamente subestimado en la cultura popular argentina, con una vida interesante y una trayectoria intelectual rica. El problema no es el personaje elegido, sino lo que se hace con él.
Lo que funciona
Hay que reconocerlo: hay actores en este elenco que se roban la atención cada vez que aparecen en escena. La pareja de Echeverría y Mariquita Sánchez de Thompson, en particular, tiene una química que el público siente de inmediato. Hay intérpretes con talento real que en otro contexto —con más espacio para desarrollar sus personajes— podrían brillar mucho más.
La ambición del proyecto también merece reconocimiento. Hacer un musical original argentino con este nivel de producción no es poca cosa. El teatro musical local tiene historia, pero rara vez apunta a esta escala.
El problema central: falta rigor y sobra exposición
Hamilton —con el que esta obra pide constantemente ser comparada— triunfó por varias razones, y ninguna de ellas fue simplemente poner a rapear a próceres sobre un tema poco conocido. Triunfó porque era académicamente riguroso, dramáticamente preciso y porque usaba la historia de un fundador para contar algo universalmente humano: las ganas de dejar una marca en el mundo.
Alberdi tiene el formato pero le falta el fondo. El protagonista habla de sus ideas todo el tiempo, pero nunca queda claro qué ideas defiende. Lo más cercano a una definición es que "va a ver qué funciona afuera para aplicarlo al país", lo cual es demasiado vago para sostener un arco dramático. No se explican sus posiciones, no se muestran sus contradicciones, no se construye su mundo interior.
Hay 20 actores en escena, la mayoría personificando dos o tres personajes. Muchos de esos personajes aportan información histórica de escasa relevancia para la trama, que tampoco termina de definirse. En un momento se menciona a Marcos Sastre y se muestra su foto en pantalla. Su aparición no modifica nada de lo que sigue: parece estar ahí para demostrar que se sabe que existió, no porque su presencia importe dramáticamente.
El narrador que nadie presenta
Una de las decisiones más claras de Hamilton es la figura del narrador: Aaron Burr está presente desde el primer instante, nos interpela directamente, y su rol está establecido antes de que la historia comience.
Alberdi tiene narradores —dos, de hecho, uno por acto— pero ninguno de los dos es presentado con claridad en la obra. Una de las actrices explicó en una entrevista que ella era la narradora del primer acto. Esa información no surge de la obra: la narradora aparece por primera vez identificada por nombre en 1838, aunque la historia empieza en 1824. El personaje de la hija de ella, que narra el segundo acto, tampoco es presentado como tal dentro de la función. Hay que enterarse afuera.
Esto no es un detalle técnico: es un problema estructural. Si el público no sabe quién le está hablando ni por qué, la narrativa pierde ancla.
La obra explica lo que debería mostrar
Hay un principio básico del teatro —y del arte en general— que dice que es mejor mostrar que contar. Hamilton lo aplica con una consistencia notable: la música, la coreografía y la puesta en escena dicen lo que los personajes sienten antes de que abran la boca.
Alberdi hace lo opuesto. Cuando la puesta no explica algo en un diálogo o una canción, lo hace con texto en pantalla, casi siempre acompañado de un paisaje generado por IA que indica el lugar donde transcurre la escena. La obra desconfía de que el público pueda inferir, descubrir o completar. Y esa desconfianza se siente.
La comparación con Hamilton: un arma de doble filo
La estrategia de comunicación de Alberdi se apoyó desde el inicio en la comparación con Hamilton: está en la biografía de sus redes, en el hashtag #HamiltonArgentino, en cada posteo. No fue la prensa quien forzó esa comparación: fue el proyecto mismo quien la construyó como parte de su identidad.
El problema es que la comparación invita al análisis. Y cuando se analiza, la distancia entre los dos proyectos es grande. No en presupuesto ni en escala de producción, sino en algo más difícil de conseguir con dinero: los siete años de investigación y desarrollo de Miranda, el rigor académico que consultó historiadores y fuentes primarias, la decisión de que cada elemento —musical, coreográfico, escénico— sirva a la narrativa.
Incluso dentro de la obra hay dos referencias directas a Hamilton que confirman que la comparación no es externa sino parte del diseño: en un momento, un personaje pregunta "What'd I miss?" —el nombre exacto de la canción de Jefferson—; en otro, todo el elenco hace la pose del póster de Hamilton y canta su nombre mientras las luces se ponen amarillas. No es una influencia discreta. Es una referencia explícita.
En conclusión
Alberdi es una obra con actores talentosos, ambición real y una idea de base que tenía potencial. Pero nació demasiado rápido —de la idea al estreno pasó aproximadamente un año— y sin el desarrollo dramático y el rigor académico que la historia que eligió contar necesitaba.
Eso no invalida el esfuerzo ni el talento de quienes lo hicieron. Pero sí sugiere que la próxima vez que un proyecto argentino quiera estar a la altura de Hamilton, el camino no está en replicar su formato ni en sus referencias explícitas. Está en su proceso: siete años de trabajo, investigación rigurosa y la convicción de que la historia del pasado solo importa cuando dice algo verdadero sobre el presente.




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