El fascismo cotidiano en Los Compadritos: por qué una obra de 1985 habla del presente
- 26 mar
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Los Compadritos de Tito Cossa muestra cómo el fascismo no necesita fanáticos: le basta con oportunistas. Analizamos la obra y su vigencia política en la Argentina de hoy.

¿Por qué alguien que no cree en el nazismo termina ayudando a instalar un proyecto nazi? Esa es la pregunta incómoda en el centro de Los Compadritos, la obra de Tito Cossa escrita en 1984 y hoy de vuelta en los escenarios porteños. Y la respuesta que da la obra es más inquietante que cualquier explicación sobre fanáticos o monstruos: porque la gente común lo hace por conveniencia.
El fascismo no necesita fanáticos: necesita oportunistas
La familia Capozzi, protagonista de la obra, no es ideológicamente nazi. No cree en la superioridad racial, no admira a Hitler, no quiere conquistar Europa. Lo que quiere es salir adelante, no quedarse afuera, aprovechar la ocasión que se presenta. Cuando los náufragos del Graf Spee llegan al recreo de Quilmes con un proyecto delirante de "nazificar" Argentina, la familia no los rechaza: los aloja, los escucha, y poco a poco se va involucrando.
Es una de las tesis más potentes de la obra, y también una de las más históricamente precisas: la colaboración civil con proyectos autoritarios rara vez viene del fanatismo. Viene del cálculo, del miedo, del deseo de pertenecer, de no querer problemas. Sectores de la sociedad argentina —comerciantes, profesionales, empresarios, funcionarios— participaron activamente o miraron para otro lado durante la dictadura de 1976-1983, no por convicción sino por conveniencia.
Cossa escribió la obra en 1984, cuando el país intentaba entender exactamente eso: cómo había sido posible que tantas personas comunes colaboraran, toleraran o simplemente ignoraran el terror. Al ambientar la historia en 1939, con nazis en Quilmes, corrió el foco lo suficiente para hablar sin panfleto y con humor. Pero el mensaje era clarísimo.
El compadrito y la seducción masculina del autoritarismo
Hay otro personaje central en la obra que merece atención: el compadrito del barrio, Aldao. No es un ideólogo, no es un intelectual del nazismo. Es un varón porteño del siglo XX con su pose aguerrida, su dulce nostalgia del arrabal y su necesidad de reconocimiento. Y cuando llega el discurso nazi —con su apelación a la fuerza, la patria y la masculinidad— Aldao encuentra ahí algo que lo convoca profundamente.
Esto no es casual. Los movimientos autoritarios históricamente han sabido apelar al orgullo viril herido, a la promesa de orden y claridad en un mundo que se siente caótico, a la ilusión de pertenecer a algo más grande que uno mismo. Aldao no adhiere al nazismo como proyecto político racional: lo hace porque ese discurso le habla en el idioma de sus afectos y sus inseguridades.
La obra de Cossa, en ese sentido, anticipa décadas de investigación en ciencias sociales sobre por qué personas ordinarias apoyan proyectos extraordinariamente violentos.
1985 y 2026: la misma pregunta, distinto almanaque
La obra fue estrenada en enero de 1985, el mismo año del Juicio a las Juntas militares. Argentina salía del régimen más sangriento de su historia y se hacía preguntas urgentes sobre la memoria, la responsabilidad y la posibilidad de que algo así volviera a pasar.
Cuarenta años después, esas preguntas no perdieron urgencia. Por el contrario, el ascenso de movimientos de ultraderecha en todo el mundo —incluyendo Argentina— hace que la obra funcione hoy casi como un manual de advertencia. Mariano Cossa, hijo del dramaturgo y director de la puesta actualmente en cartel, lo sintetizó con precisión: el final de la obra dice que no nos vamos a librar del fascismo, que vuelve desde las cenizas de lo que creíamos muerto, y que lo que en 1985 parecía pesimismo resultó ser, con el tiempo, casi profético.
El hecho de que hoy haya dos puestas simultáneas de la obra en Buenos Aires, con salas llenas, habla de un público que busca herramientas para entender lo que está viviendo.
La diferencia entre el humor y la trivialización
Algo importante sobre cómo Cossa construyó esta obra: es muy divertida. El sainete político tiene momentos de comedia absurda, personajes caricaturescos, situaciones ridículas. Y eso no es una contradicción con la gravedad del tema sino, precisamente, su herramienta más efectiva.
El humor permite que el espectador baje la guardia, que se reconozca en los personajes, que ría antes de pensar. Y cuando el pensamiento llega, llega con más fuerza. Es la misma lógica que usó Taika Waititi en Jojo Rabbit (2019) para hablar del nazismo desde la mirada de un niño: lo ridículo no trivializa lo letal, sino que lo hace más visible.
En ambos casos, el mensaje de fondo es el mismo: el fascismo no llegó al poder porque gente mala hizo cosas malas. Llegó porque encontró, en personas ordinarias, los afectos, los miedos y los deseos que necesitaba para instalarse.
¿Qué nos dice esto sobre el presente?
La pregunta que Cossa deja abierta en Los Compadritos es la misma que deberíamos hacernos hoy: ¿en qué estamos colaborando sin darnos cuenta? ¿Qué proyectos estamos tolerando por conveniencia, por cansancio, por no querer complicaciones?
No se trata de equiparar cualquier gobierno con el nazismo ni de hacer analogías apresuradas. Se trata de entender que el autoritarismo no llega de un día para el otro con banderas y uniformes: se instala de a poco, en los pequeños acomodamientos cotidianos, en los silencios que elegimos, en las oportunidades que aprovechamos sin preguntarnos demasiado.
Eso es lo que Cossa mostró en 1985. Eso es lo que sigue mostrando hoy.


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