Rock barrial, bengalas, recitales masivos y cultura del aguante: el contexto social que explica Cromañón 20 años después
- 30 dic 2025
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Para entender por qué la masacre de Cromañón no fue un hecho aislado, la serie (y el episodio) hacen algo fundamental: reconstruyen el mundo social en el que sucedió. Desde mediados de 1950 se fue consolidando en Argentina un movimiento de rock nacional que adaptó un género extranjero para cantar experiencias locales, en español, con jerga propia y referencias culturales cercanas. Pero a principios de los 90 se consolidó una corriente particular, el rock barrial, con bandas que escribían sobre vivencias de jóvenes de clase media empobrecida y sectores populares: el barrio, la calle, el laburo precario, la amistad, la bronca, el orgullo de origen. No era solo música: era una manera de nombrar una época atravesada por aumento de pobreza, corrupción institucional y sensación de futuro estrecho. En ese escenario, ir a un recital no era un consumo cultural más, era una forma de pertenecer, de “estar”, de ser parte de algo.

Ese clima se vio con fuerza en la audiencia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota cuando empezaron a tocar en estadios. Los shows se convirtieron en “misas ricoteras”: banderas, cantitos futboleros, peregrinación, viajes, un culto de público que muchas veces desbordaba incluso lo que la banda proponía. En paralelo, bandas como La Renga ocuparon estadios con una audiencia que buscaba vivir el recital como experiencia festiva y de reivindicación: el público casi tan protagonista como el escenario. Ahí aparece una palabra clave: “aguante”. Grupos de seguidores se organizaban como hinchadas, viajaban, cantaban, cargaban banderas, y también incorporaban prácticas peligrosas, como la pirotecnia en espacios cerrados, que se volvió frecuente y tolerada. La frase que quedó como grafiti en Obras Sanitarias cuando La Renga llegó por primera vez, “El barrio llegó a Obras”, sintetiza ese momento: el rock como marca identitaria de una juventud que sentía que tenía derecho a ocupar espacios y ser visible.
Callejeros fue una de las bandas más exitosas de esa época y captó a una parte importante de la audiencia ricotera después de la separación de Los Redondos en 2002. La banda creció con ese clima: recitales masivos, ritual, devoción de público y una escena en la que “las bengalas” se normalizaban, incluso con antecedentes concretos de peligro. El episodio recuerda un dato clave: cinco días antes de la masacre, La 25 tocó en Cromañón y hubo un principio de incendio que se apagó como se pudo. Esa escena es, literalmente, la definición de “bomba de tiempo”. No es que “nadie podía imaginarlo”: había señales, había antecedentes, había prácticas instaladas, y había un Estado que habilitaba espacios sin controles serios.
Por eso la frase atribuida al Indio Solari funciona como interpretación sociológica: “Cromañón fue una bomba de tiempo que los músicos nos fuimos pasando de mano en mano y le explotó a Callejeros”. No es una manera de “lavar culpas”, sino de describir un entramado: escena cultural masiva + precariedad urbana + corrupción + tolerancia institucional a riesgos + pirotecnia + sobreventa de entradas + puertas cerradas + falta de protocolos. Cuando se mira así, la masacre de Cromañón deja de ser un episodio “de un recital” y se vuelve una radiografía de cómo se organiza (o se abandona) el cuidado en la noche juvenil. Y también explica por qué, después del 30 de diciembre de 2004, la noche porteña cambió: clausuras, festivales que borraron bandas del género, y un quiebre cultural donde el recital dejó de ser solo fiesta para convertirse, para muchos, en miedo y duelo.
Entender el rock barrial no es romantizarlo ni demonizarlo. Es comprender por qué el recital era hogar simbólico para tantos pibes, por qué la cultura del “aguante” se parecía a la de las hinchadas, y por qué el Estado no podía seguir actuando como si la noche juvenil fuera un asunto menor. Cromañón fue un antes y un después porque mostró, brutalmente, lo que pasa cuando una escena masiva crece sin infraestructura, sin controles y sin políticas públicas que prioricen la vida.




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