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150 cambios de vestuario, 50 pelucas hechas a mano y un vagón de tren de 200 kilos: así se construye Anastasia desde adentro

  • 23 abr
  • 3 Min. de lectura

Hay un número que resume mejor que cualquier otro la escala de Anastasia, el musical: 150 horas. Ese es el tiempo que tardó un equipo de diez personas en construir el vagón de tren que aparece en una de las escenas más memorables de la obra. El resultado es una estructura de 200 kilos capaz de girar 360 grados sobre el escenario, permitiendo mostrar la acción desde el punto de vista de cada personaje. Es, en miniatura, la filosofía de toda la producción: nada está puesto por azar, todo tiene un costo de trabajo real detrás.



Esta producción no réplica —dirigida por Marcelo Rosa y que estrena el 5 de mayo en el Teatro Astral— tomó una decisión que la distingue de la mayoría de los musicales de gran escala que llegan a Buenos Aires: crear casi todo desde cero, en Argentina, pensando específicamente en esta versión.


150 cambios. 30 sastres. Dos mundos.

El vestuario de Anastasia tiene que resolver un desafío narrativo antes que estético: llevar al público, de manera creíble, desde la opulencia de la corte imperial rusa hasta el París cosmopolita de los años 20. Dos universos visuales radicalmente distintos, habitados por los mismos personajes.

Stella Maris Müller diseña y supervisa más de 150 cambios completos —no de vestuario total, sino de look completo por personaje y escena. Para ejecutarlos, la producción convocó a 10 talleres y más de 30 sastres, muchos de ellos provenientes del Teatro Colón y el Teatro Argentino de La Plata: dos instituciones cuya tradición en sastrería de alta exigencia no tiene equivalente en el país.

El resultado no es solo bello. Es funcional bajo las condiciones extremas de un musical: cambios rápidos entre bambalinas, movimiento constante, coreografías que ponen a prueba cada costura.

A esto se suman más de 15 pares de botas realizadas a medida para los artistas —porque en un escenario de 1.200 butacas, el calzado importa más de lo que el público imagina— y toda la sombrerería y vestuario de ballet diseñados exclusivamente para esta producción.


Pelo por pelo: el trabajo invisible de las pelucas

Feliciano San Román ya conoce a Anastasia. Trabajó en las producciones de España, Brasil y México, lo que lo convierte en una de las pocas personas en el mundo con experiencia directa en cómo esta historia específica se ve sobre un escenario.

Para la versión argentina, San Román lidera la creación de más de 50 pelucas, todas realizadas a mano, pelo por pelo, y adaptadas de forma individual a cada integrante del elenco. No son pelucas genéricas ajustadas: son piezas diseñadas para cada cabeza, cada rol, cada momento dramático.

En una historia que gira en torno a la identidad —¿quién es realmente esta joven?— la transformación física no es un detalle decorativo. Es parte del argumento.


La tecnología que no se ve

Paradójicamente, uno de los elementos más tecnológicos de la producción es también el más invisible cuando funciona bien. Anastasia integra tres pantallas LED wall de última generación de 50 metros cuadrados que reproducen las proyecciones originales de Broadway creadas por Aaron Rhyne —premiadas con el Outer Critics Circle Award.

La clave no está en la pantalla sino en la integración: que el espacio digital y el espacio físico dialoguen sin costuras visibles. Que el vagón de 200 kilos construido a mano conviva con una proyección de última generación sin que ninguno de los dos delate al otro.

Ese equilibrio es responsabilidad del diseño de escenografía de Carlos Cifani, la iluminación de Claudio Del Bianco y el sonido de Gastón Briski —tres profesionales cuyo trabajo es, por definición, exitoso cuando nadie en la platea lo nota.


Por qué importa que sea local

Podría haberse importado todo. Muchas producciones de musicales internacionales en Argentina lo hacen: vestuario de España, pelucas de Brasil, escenografía prefabricada. Es más rápido y, en algunos casos, más barato.

La decisión de Anastasia fue la contraria. Convocar a los talleres del Colón, a los artesanos locales, a diseñadores argentinos con trayectoria internacional. El argumento no es solo sentimental: es artístico. Una producción construida en el lugar donde se presenta tiene una coherencia que se percibe, aunque el espectador no pueda explicar exactamente por qué.

Cientos de horas de trabajo artesanal. Decenas de profesionales que no aparecerán en el cartel. Y un espectáculo que, dicen quienes lo vieron en ensayo, se nota distinto.

El telón sube el 5 de mayo.


Entradas disponibles en la boletería del Teatro Astral (Av. Corrientes 1639) y en Plateanet.

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