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Precariedad laboral y juventud en Argentina: trabajar sin llegar a fin de mes

  • 26 mar
  • 4 Min. de lectura

¿Por qué cada vez más jóvenes argentinos trabajan y aun así no llegan a fin de mes? Exploramos la precariedad laboral juvenil, el "precariado" y lo que nos dice sobre el futuro del trabajo.



Tener trabajo ya no garantiza llegar a fin de mes. Esta frase, que hasta hace algunos años hubiera sonado absurda, hoy describe la realidad cotidiana de millones de argentinos, especialmente jóvenes. La tasa de desempleo oficial se ubica en el 7,5%, pero ese número esconde una historia mucho más compleja y preocupante.


Más allá del desempleo: el problema de la calidad del trabajo

Cuando se habla de mercado laboral, el indicador más citado suele ser la tasa de desempleo. El problema es que ese número no refleja la calidad ni las condiciones de los empleos existentes. En Argentina hoy, los datos revelan una realidad inquietante:

  • Casi la mitad de los trabajadores está en la informalidad: sin cobertura médica, sin indemnización, sin aportes jubilatorios.

  • El 28,2% de los trabajadores está "sobreocupado": trabaja más de 45 horas semanales en uno o varios empleos, y aun así no cubre sus necesidades básicas.

  • Entre los menores de 29 años, casi 6 de cada 10 trabajadores están en situación informal. Entre las mujeres jóvenes, esa cifra es todavía más alta.

Trabajo hay. Lo que faltan son las protecciones que convertían al trabajo en empleo.


¿Qué es el "precariado" y por qué nos afecta?

El sociólogo Guy Standing acuñó el término "precariado" para describir a un nuevo estrato social: personas que están técnicamente empleadas, pero que viven "al día", sin posibilidad de planificar el futuro. No es solo una cuestión económica: es una condición que afecta la identidad, la salud mental y la capacidad de proyectarse.

Para muchas personas jóvenes en Argentina hoy, la precariedad no es una etapa transitoria mientras se consigue "el trabajo de verdad". Es la condición permanente. Se encadenan trabajos freelance, changas, plataformas de delivery y empleos en negro, a veces simultáneamente, sin que ninguno de ellos ofrezca la estabilidad mínima para alquilar un departamento, ahorrar o pensar en el mediano plazo.

Este fenómeno rompe con una ecuación que durante décadas fue central en la identidad social argentina: la idea de que trabajar y ser pobre son cosas opuestas. Los "trabajadores pobres" son hoy una categoría real y creciente: personas que trabajan tiempo completo (o más) y aun así no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas.


La economía de plataformas: ¿oportunidad o trampa?

Las aplicaciones de delivery y transporte se presentan frecuentemente como una solución flexible para quienes buscan ingresos. Y es cierto que, para muchas personas, representan una forma rápida de acceder a trabajo. Pero bajo esa flexibilidad se esconde una trampa: las plataformas clasifican a sus trabajadores como "independientes" para eludir todas las obligaciones del empleo formal.

Un repartidor de delivery no tiene obra social, no puede cobrar licencia por enfermedad, no acumula aportes jubilatorios y puede ser desactivado de la app sin indemnización. Si bien estas plataformas amortiguan temporalmente el desempleo, consolidan la precariedad y la naturalizan como forma de vida.


El impacto psicológico de vivir sin certezas

La precariedad no solo afecta el bolsillo. La incertidumbre permanente sobre los ingresos, la incapacidad de planificar el futuro y la sensación de no tener un lugar reconocido en la sociedad tienen consecuencias reales en la salud mental: ansiedad crónica, dificultad para establecer proyectos de vida, agotamiento sostenido.

Robert Castel, sociólogo francés que estudió estas transformaciones, sostuvo que el trabajo cumple tres funciones históricamente: es fuente de ingresos, de protección social y de identidad. Cuando el trabajo se precariza, no se pierde solo plata: se pierde también seguridad y un lugar en el mundo.

Para muchos jóvenes argentinos que terminaron carreras universitarias o terciarias, la vivencia concreta de esta pérdida es especialmente dura. Se hizo todo "bien" —se estudió, se capacitó, se ingresó al mercado laboral— y aun así el sistema no ofrece la estabilidad que prometía.


El sueño de la casa propia, las vacaciones y otros lujos

Hace algunas décadas, en Argentina, una persona podía entrar a trabajar en una fábrica o empresa, ir ascendiendo de puesto, y con ese solo ingreso sostener a una familia, tener casa propia, ir de vacaciones y renovar el auto cada algunos años. Era un modelo de movilidad social ascendente posible para una parte significativa de la clase trabajadora.

Ese modelo se fue erosionando desde los años 70, primero con la dictadura y la desindustrialización, luego con las reformas neoliberales de los 90, y más recientemente con la crisis de 2001 y el nuevo ciclo de ajuste iniciado en 2024. Hoy el acceso a la vivienda propia es casi imposible para la mayoría de los jóvenes, las vacaciones se convirtieron en un lujo, y los autos se compran en cuotas para trabajar de Uber o Cabify.

La sociología habla de una "sociedad líquida": un mundo en el que las certezas que daban forma a la vida cotidiana se disuelven y las trayectorias vitales se vuelven fragmentadas, imprevisibles, individuales.


¿Qué se puede hacer?

Organismos internacionales como la CEPAL y la OIT son claros: la solución a la informalidad no es flexibilizar más el mercado laboral, sino implementar políticas activas de formalización, fortalecer la negociación colectiva y ampliar las coberturas sociales.

Pero mientras esas políticas no llegan, millones de jóvenes argentinos siguen inventando estrategias de supervivencia, encadenando trabajos, sacrificando proyectos y cargando con una incertidumbre que no debería ser una condición permanente.

El problema no es individual. Y la solución tampoco puede serlo.


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